
Automatizar el ahorro a corto plazo y separarlo del gasto diario ayuda a crear un hábito financiero y reduce el impacto de los imprevistos. Pequeñas aportaciones mensuales y ajustes en gastos recurrentes facilitan la creación del fondo.
Cuando se habla de planificación financiera, la mayoría de las conversaciones miran lejos: jubilación, inversión, rentabilidad. Sin embargo, el primer problema suele estar mucho más cerca. En el día a día. En ese imprevisto que aparece sin avisar y para el que no siempre estamos preparados. El ahorro a corto plazo no tiene glamour, pero es el que evita que cualquier sobresalto descoloque todo lo demás. No es casualidad: según el INE, más de un 30 % de los hogares españoles no tiene capacidad para afrontar un gasto imprevisto, lo que explica por qué cualquier incidencia termina convirtiéndose en un problema mayor.
Manuel Alonso, director comercial de OVB España
“Muchas personas piensan en ahorrar cuando ya tienen un problema. Pero el ahorro a corto plazo sirve precisamente para que los problemas no se conviertan en crisis”.
Este tipo de ahorro no está pensado para crecer, sino para estar disponible. Es el dinero que cubre una avería, una multa inesperada, un gasto médico o un mes con menos ingresos. Cuando no existe, la reacción suele ser automática: tarjeta, pago aplazado o tirar de otros ahorros que no estaban pensados para eso. Y ahí empiezan las complicaciones.
El primer paso es asumir una idea sencilla
Los imprevistos no son excepcionales, son parte de la vida. Por eso conviene tener un fondo específico para ellos. No hace falta empezar con grandes cantidades. “Lo importante no es el importe inicial, sino crear el hábito”, señala Alonso. Reservar una pequeña cantidad cada mes, aunque sea modesta, es más eficaz que esperar a que sobre dinero a final de mes.
Uno de los consejos más prácticos es separar este ahorro del resto. Tenerlo mezclado con el dinero corriente suele llevar a gastarlo sin darse cuenta. En cambio, cuando tiene un nombre y una función clara, cuesta menos respetarlo. “Saber para qué sirve cada euro ayuda a tomar mejores decisiones”, apunta Alonso.
Otra clave es automatizarlo. Igual que se pagan recibos o cuotas fijas, el ahorro a corto plazo debería salir solo, sin necesidad de pensarlo cada mes. Así deja de depender de la fuerza de voluntad y se convierte en una rutina. “Cuando el ahorro se automatiza, deja de ser una carga mental”, explica Alonso.
También conviene revisar gastos pequeños que se repiten. Muchas veces el margen para crear este colchón no está en grandes recortes, sino en ajustes sencillos: suscripciones que ya no se usan, servicios duplicados o hábitos que se han encarecido sin que lo notemos. “No se trata de vivir en modo ahorro extremo, sino de gastar con más intención”, señala Alonso.
Otro error habitual es pensar que el ahorro a corto plazo y el ahorro a largo plazo compiten entre sí. En realidad, ocurre lo contrario. Sin un colchón para imprevistos, cualquier plan a largo plazo está en riesgo. Ante un gasto inesperado, se rescatan inversiones, se cancelan aportaciones o se asumen deudas innecesarias. “El corto plazo mal resuelto acaba estropeando el resto del plan”, advierte Alonso.
Desde una perspectiva práctica, este fondo debería cubrir varios meses de gastos básicos, aunque la cifra exacta depende de cada situación. Lo importante es que sea realista y flexible. No es una meta cerrada, sino algo que se puede ir ajustando con el tiempo.
Más importante que la cantidad, el mayor beneficio del ahorro a corto plazo es la tranquilidad. Saber que hay un margen para absorber un golpe cambia la forma de relacionarse con el dinero. Reduce el estrés, evita decisiones impulsivas y permite afrontar los problemas con más calma. “La planificación no evita los imprevistos”, resume Alonso, “pero sí evita que te desarmen”.