
Finanzas sostenibles y rentabilidad se combinan como estrategia de estabilidad económica y participación consciente en el futuro. Criterios ambientales, sociales y de buen gobierno guían hoy las decisiones financieras dentro de un marco normativo más transparente.
Durante años, hablar de finanzas sostenibles ha sido casi un ejercicio teórico. Conceptos, siglas, marcos regulatorios. Sin embargo, hoy la conversación ha cambiado. Las finanzas sostenibles ya no son una tendencia ni una etiqueta: son una forma concreta de decidir qué tipo de economía se apoya con cada euro invertido.
Sergio Pesquera, responsable de formación en OVB España
“La sostenibilidad ya no va de renunciar a rentabilidad, sino de entender dónde se está colocando el dinero y qué modelo económico se está respaldando”.
La diferencia es sutil, pero profunda. Invertir de forma sostenible no significa apostar únicamente por energías renovables o empresas verdes. Significa incorporar criterios ambientales, sociales y de buen gobierno en la toma de decisiones financieras. Es decir, analizar cómo opera una empresa, cómo trata a sus empleados, cómo gestiona sus recursos y qué consecuencias tiene su actividad a largo plazo.
“Muchos clientes llegan pensando que las finanzas sostenibles son algo ideológico o muy especializado”, señala Pesquera. “Pero en realidad están más relacionadas con el sentido común: evitar riesgos que antes no se tenían en cuenta y apostar por modelos más sólidos en el tiempo”.
Porque esa es otra de las claves del cambio: la sostenibilidad como herramienta de gestión del riesgo. Empresas con malas prácticas ambientales, conflictos laborales recurrentes o gobiernos corporativos opacos no solo generan impacto negativo, también presentan mayores riesgos financieros. Integrar estos factores permite anticipar problemas que antes quedaban fuera del análisis tradicional.
A diferencia de años anteriores, hoy el inversor cuenta con marcos normativos que aportan más claridad y transparencia. La regulación europea ha avanzado para evitar el llamado greenwashing y ayudar a distinguir entre productos que realmente incorporan criterios de sostenibilidad y los que solo lo hacen de forma superficial. “Ahora es más fácil saber qué hay detrás de un producto, pero sigue siendo clave entenderlo bien”, apunta Pesquera.
Ahí entra en juego el acompañamiento profesional. Elegir finanzas sostenibles no es marcar una casilla, sino integrarlas dentro de una planificación coherente. No todos los productos sirven para todos los perfiles ni todos los momentos vitales. “La sostenibilidad no sustituye al análisis financiero; lo completa”, explica Pesquera. “Primero hay que saber qué necesitas, qué horizonte tienes y qué riesgos puedes asumir. A partir de ahí, se decide cómo incorporar estos criterios”.
Otro aspecto que gana peso en 2026 es el papel del inversor como agente de cambio. Sin necesidad de grandes patrimonios, las decisiones individuales, sumadas, orientan el capital hacia determinados sectores y modelos de negocio. “Muchas personas descubren que invertir también es una forma de participar en el tipo de sociedad que quieren”, afirma Pesquera
Esto no significa convertir cada decisión financiera en un acto militante, sino ser consciente de su efecto. Del mismo modo que se revisan comisiones, rentabilidad o liquidez, cada vez más inversores incorporan preguntas sobre impacto y coherencia con sus valores. Y lo hacen sin renunciar a objetivos financieros claros.
Las finanzas sostenibles, bien entendidas, no prometen soluciones mágicas ni resultados inmediatos. Ofrecen algo más valioso: coherencia entre lo que se ahorra, lo que se invierte y el mundo que se quiere construir. En un entorno económico complejo, esa coherencia se convierte en una forma de estabilidad.
“Tomar decisiones financieras informadas hoy es una manera de cuidar el mañana”, concluye Pesquera. “No solo el propio, también el colectivo”.
En 2026, invertir de forma sostenible ya no es una cuestión de moda. Es una decisión consciente sobre qué futuro se quiere apoyar, con criterio, información y planificación.