
El patrimonio de los hogares españoles alcanzó los 11 billones de dólares en 2025, situando a España entre las economías que registraron un mayor crecimiento de la riqueza neta de las familias durante el pasado ejercicio. El patrimonio neto por habitante aumentó además un 6% en términos nominales, según el informe The Global Balance Sheet 2026: Imbalance and Divergence, elaborado por el McKinsey Global Institute.
El estudio analiza la evolución del patrimonio, los activos y las deudas en 23 economías que representan cerca del 70% del PIB mundial y pone el foco en la creciente divergencia entre el valor de los activos financieros y la capacidad de las economías para generar nueva riqueza mediante inversión productiva.
A escala global, la riqueza económica alcanzó un récord de casi 1.800 billones de dólares en 2025, frente a los 1.700 billones del año anterior. El patrimonio de los hogares se situó en 570 billones de dólares. Sin embargo, McKinsey advierte de que una parte importante de este incremento no procede de la creación de nuevo capital.
En concreto, el 58% del aumento del patrimonio familiar correspondió a ganancias patrimoniales no realizadas, derivadas principalmente de la revalorización de activos por encima de la inflación, mientras que únicamente el 20% estuvo vinculado a inversiones reales destinadas a generar nuevo capital.
España mantiene el pulso inversor
España presenta, no obstante, algunos indicadores favorables dentro del contexto europeo. El país se situó junto con Polonia, Suecia, Estados Unidos e Italia entre las economías en las que las tasas de inversión neta superaron en 2025 sus promedios históricos de largo plazo.
Esta evolución contrasta con países como Alemania, Irlanda y Australia, donde la inversión neta fue negativa, debido a que el gasto de capital se situó por debajo de las necesidades de reposición, a una reducción del valor de los activos o a ambas circunstancias.
El comportamiento de los hogares españoles también estuvo condicionado por la evolución del mercado inmobiliario. El valor de los activos inmobiliarios de las familias en relación con el PIB cayó alrededor de 10 puntos porcentuales en 2025 respecto al año anterior. Pese a ello, la ratio continúa por encima de su media de los últimos 25 años.
En el ámbito fiscal, la deuda pública bruta española se mantuvo por encima del 100% del PIB, en línea con otras economías avanzadas como Japón, Italia, Estados Unidos, Francia, Canadá, Bélgica y Reino Unido.
“España se encuentra en un momento de impulso con una economía capaz de seguir elevando los estándares de vida”, señala Joseba Eceiza, socio senior de McKinsey, quien destaca que el PIB español creció un 10% entre 2019 y 2025, aproximadamente un 1,6% anual.
Para Eceiza, mantener la inversión productiva e impulsar medidas de competitividad resulta fundamental para consolidar el crecimiento de la productividad y evitar que el valor de los activos dependa únicamente de su revalorización.
Europa afronta una brecha de inversión de 700.000 millones
El escenario es menos favorable para el conjunto de la zona euro, que, según McKinsey, se encamina hacia un periodo de estancamiento debido a una productividad débil, el freno del consumo y unos elevados niveles de ahorro de los hogares. La tasa de ahorro personal alcanzó el 15,1% en 2025.
Uno de los principales obstáculos es la falta de inversión privada. La zona euro acumula una brecha de unos 700.000 millones de dólares anuales respecto a Estados Unidos, equivalente a tres puntos porcentuales del PIB europeo.
Esta menor inversión se refleja en el capital productivo —infraestructuras, maquinaria, equipos y propiedad intelectual—, cuyos niveles permanecen reducidos frente a la media mundial y a los registros anteriores a la pandemia.
En cambio, el informe identifica como elemento positivo que el endeudamiento de los hogares y de las empresas no financieras de la Eurozona se mantiene en niveles más equilibrados y próximos a sus medias de los últimos 25 años que en otras grandes economías.
Estados Unidos y China amplían la divergencia
El desequilibrio entre los mercados financieros y la economía real se explica en buena medida por la evolución de Estados Unidos y China.
En Estados Unidos, la bolsa alcanzó máximos históricos y la valoración de las empresas cotizadas llegó a representar 2,4 veces el valor de sus activos netos y 3,7 veces el PIB del país. Más de la mitad de la expansión del S&P 500 entre 2021 y 2025 correspondió a las denominadas Magnificent Seven, compañías vinculadas en buena medida al auge de la inteligencia artificial.
China, por su parte, atraviesa un proceso de reajuste marcado por la caída de las valoraciones inmobiliarias. Para compensar el menor gasto residencial, el Gobierno ha incrementado el gasto público y la inversión a través de empresas estatales, elevando el endeudamiento de las empresas no financieras hasta el 80% de los activos reales corporativos.
Ante esta situación, Juan Antonio Bahillo, socio senior de McKinsey, advierte de que el crecimiento de la riqueza durante el último año ha estado respaldado principalmente por las valoraciones bursátiles y no por una formación real de capital.
El informe plantea cuatro posibles escenarios para los próximos años: una aceleración de la productividad, una inflación sostenida, un periodo prolongado de estancamiento o un ajuste brusco de los mercados acompañado de caídas de valor y recesión.
De estas cuatro alternativas, McKinsey considera que la aceleración de la productividad es la única capaz de sostener las elevadas valoraciones de los activos mediante crecimiento económico real y, al mismo tiempo, proteger la riqueza acumulada.