
El «Blues de Navidad» describe un estado transitorio de tristeza y apatía vinculado a expectativas sociales y cambios de rutina, con mayor impacto en personas mayores y su bienestar emocional. La presión por mantener una actitud festiva puede agravar la soledad emocional incluso en entornos acompañados.
La combinación de estímulos intensos, cambios en las rutinas y expectativas sociales puede generar un estado de tristeza o apatía conocido como “Blues de Navidad”, el cual no constituye un diagnóstico clínico, con especial impacto en las personas mayores. Aunque se trata de un fenómeno transitorio, su efecto sobre el estado de ánimo puede ser significativo.
Este estado aparece cuando las demandas externas del periodo navideño no coinciden con lo que la persona siente. La obligación de mantener una actitud festiva puede aumentar la sensación de aislamiento, activar recuerdos asociados a personas ausentes y hacer más evidente la soledad emocional, incluso en entornos acompañados. Este desajuste suele ser más marcado tras un duelo reciente, en situaciones de vida en solitario o cuando existen antecedentes de ansiedad, depresión o estrés prolongado a lo largo del año.
Aunque comparte síntomas con la depresión, no son equivalentes, especialmente en cuanto a duración, intensidad y grado de interferencia funcional. Pablo Ramos, psicólogo de Blua de Sanitas señala que “la depresión implica una alteración profunda y mantenida del ánimo, con repercusión en la vida cotidiana”. “El blues de Navidad es un estado temporal que surge por la presión social y emocional de estas fechas, pero no debe confundirse con un trastorno depresivo”, añade.
En este contexto, puede manifestarse a través de apatía, irritabilidad, alteraciones del sueño, dificultad para concentrarse o una percepción persistente de vacío. Estas señales indican que el ritmo y las exigencias del entorno superan la capacidad emocional del momento. Reconocerlas con antelación permite actuar antes de que se intensifiquen.
Sanitas elabora un listado con recomendaciones para proteger el bienestar emocional
Planificar de forma realista las actividades para evitar acumulaciones innecesarias. Repartir tareas familiares reduce la carga mental y facilita una organización más flexible.
Reducir expectativas y reservar tiempo personal para actividades tranquilas que resulten agradables. Mantener ritmo pausado y meditado favorece el equilibrio emocional.
Revisar pensamientos que aumenten la presión interna, especialmente aquellos relacionados con la necesidad de “estar bien”. No todas las personas viven la Navidad con entusiasmo y esto no implica un problema en sí mismo.
Favorecer el contacto social en formatos adaptados, como paseos breves, llamadas o encuentros tranquilos. La conexión regular ayuda a estabilizar el estado de ánimo.
Permitir la expresión de la tristeza sin prolongarla de forma indefinida. Introducir pequeñas rutinas nuevas puede ayudar a transitar recuerdos difíciles sin asociarlos a todo el periodo navideño.
Seleccionar los compromisos en función del bienestar personal. Adaptar o aplazar eventos es válido cuando la agenda genera tensión emocional.
Solicitar apoyo profesional si el malestar interfiere en la vida diaria o se intensifica. La atención temprana facilita la recuperación y evita que el estado emocional se prolongue.
Miriam Piqueras, directora médica de Sanitas Mayores
«En las personas mayores, estos días pueden vivirse con más intensidad porque existen rutinas más estables, recuerdos más presentes y redes sociales más reducidas”. “La prevención pasa por detectar cambios sutiles: menos conversación, mayor cansancio o rechazo a participar en actividades habituales”, añade.
La Navidad puede mantenerse como un periodo de conexión cuando el entorno se adapta a las necesidades emocionales de cada persona. “Un contacto regular, una pregunta sincera o una videollamada pueden marcar la diferencia. Acompañar desde la calma es una forma efectiva de proteger el bienestar, especialmente en quienes viven estas fechas con más vulnerabilidad”.