
La gratificación instantánea y los estándares irreales en redes sociales incrementan la vulnerabilidad emocional y el riesgo de adicción en niños y adolescentes.
Desde el ámbito asistencial, los especialistas señalan que la exposición constante a contenidos digitales puede influir en la forma en la que niños y adolescentes construyen su identidad y autoestima y también en cómo se relacionan con los demás.
Carlos Atef Harkous, jefe de servicio de Salud Mental del Hospital Blua Sanitas Valdebebas
«Durante el desarrollo, construimos nuestra identidad buscando figuras en las que reflejarnos. Necesitamos el reconocimiento externo —la mirada del otro— para sentirnos valiosos. Los niños y adolescentes son especialmente vulnerables a esta comparación constante porque su autoestima está aún en formación. En este contexto, las redes sociales funcionan como un espejo que ofrece gratificación instantánea, lo que las vuelve potencialmente adictivas, al tiempo que nos confrontan con un ideal ajeno que genera malestar por ‘no estar a la altura».
“La exposición continua a imágenes idealizadas, cuerpos normativos o estilos de vida aparentemente perfectos puede generar una percepción distorsionada de la realidad. En menores, esto se traduce en una mayor vulnerabilidad emocional, especialmente cuando aún no cuentan con recursos suficientes para relativizar esos mensajes”.
“En edades tempranas, algunas áreas clave del cerebro relacionadas con el control de impulsos, la planificación y la evaluación de riesgos aún no han completado su desarrollo, lo que incrementa la vulnerabilidad ante estímulos intensos y sistemas de recompensa inmediata”, añade.
El impacto de las redes sociales no es homogéneo y varía según la etapa evolutiva
No es lo mismo la exposición a los 10 años, cuando predomina una comprensión más literal de los contenidos y una mayor tendencia a la imitación, que a los 15 o 16, cuando la comparación social y la búsqueda de identidad adquieren un peso mucho mayor en la autoestima y en la percepción de uno mismo.
Carla Álvarez Llaneza, psicóloga de Blua de Sanitas
“Uno de los efectos más observados en consulta está relacionado con la comparación constante. Compararse es un mecanismo humano normal. El problema aparece cuando esa comparación se intensifica en un entorno digital que amplifica estándares irreales y los presenta como norma”.
Otro aspecto relevante es la gestión emocional
La exposición continuada a contenidos breves y altamente estimulantes puede dificultar la autorregulación, la atención y la tolerancia al aburrimiento. “Observamos una mayor dificultad para manejar la frustración o desconectar mentalmente, algo esperable en un cerebro que aún está aprendiendo a regularse. En estos casos, cuando la exposición a redes sociales es menor o disminuye, detectamos una mayor estabilidad emocional y una mejora en la calidad del descanso”, añade Carla Álvarez Llaneza.
El malestar emocional asociado al uso de redes sociales no suele aparecer de forma inmediata, sino tras una exposición mantenida en el tiempo. Más allá del número de horas, resulta relevante observar cómo el menor se siente antes y después de conectarse.
Carmen Gil, psicóloga de Mindplace
“Cambios persistentes en el estado de ánimo, irritabilidad, tendencia al aislamiento o una preocupación excesiva por la imagen digital pueden indicar la aparición de problemas emocionales”.
Esta exposición prolongada a las redes sociales tiende a desplazar otras fuentes habituales de regulación emocional, como el descanso, el juego no digital o las relaciones presenciales. “Cuando estas fuentes recuperan protagonismo, especialmente durante la adolescencia, se observan cambios positivos sostenidos en el bienestar emocional, como una mayor seguridad personal, una autoestima más estable y una relación más confiada con el entorno cotidiano, que facilita la interacción social genuina y el desarrollo de vínculos más profundos y seguros”, concluye Carmen Gil.