
El déficit de sueño en España afecta a adultos y jóvenes. Expertos analizan la somnifobia, la ansiedad anticipatoria al dormir y los trastornos del sueño vinculados a ritmos circadianos alterados.
En España, las dificultades para descansar adecuadamente afectan a gran parte de la población y se presentan de manera diferente según la edad. Los adultos acumulan déficit de sueño con frecuencia debido a exigencias laborales o hábitos de vida, mientras que los jóvenes suelen tener horarios irregulares que alteran los ritmos circadianos.
Según la Sociedad Española de Neurología, el 54% de los adultos duerme menos de las ocho horas recomendadas, mientras que, de acuerdo con la Federación Española de Sociedades de Medicina del Sueño, casi un 35% de los jóvenes presenta dificultades para conciliar el descanso.
A esta situación se suma la percepción general sobre la calidad del descanso
Menos del 29% de los españoles asegura tener un sueño de buena calidad, según datos del Cigna Healthcare International Health Study, frente al 31% de la media global. En conjunto, estas cifras reflejan un escenario marcado por patrones de sueño alterados que pueden favorecer la aparición de ansiedad anticipatoria al dormir, uno de los elementos que se encuentran en la base de la somnifobia.
Daniela Silva, especialista en Medicina Interna de Cigna Healthcare España
“Quienes padecen somnifobia perciben el sueño como un momento de estrés en lugar de descanso. Esta interpretación hace que el cerebro active sistemas de alerta justo cuando el organismo debería prepararse para recuperarse, alterando los procesos biológicos del descanso y dificultando la regulación emocional y la recuperación física. Comprender esta dinámica es fundamental para identificar y tratar a tiempo este miedo, antes de que se consolide un patrón de sueño fragmentado que comprometa la calidad del descanso de manera persistente”.
La somnifobia provoca una serie de manifestaciones físicas, cognitivas y conductuales que alteran los mecanismos biológicos del sueño.
Las más comunes suelen ser:
Respiración entrecortada o sensación de falta de aire al acostarse
La anticipación del sueño activa el sistema nervioso simpático, responsable de la respuesta de alerta. Esto puede provocar una respiración más rápida y superficial que dificulta la relajación del diafragma y del pecho, generando sensación de falta de aire o presión torácica e impidiendo que el cuerpo alcance el estado de calma necesario para iniciar el sueño.
Sudoración excesiva y temblores involuntarios
La activación del eje estrés (eje hipotálamo‑hipófisis‑adrenal) incrementa la liberación de adrenalina y cortisol, lo que se traduce en sudoración intensa, temblores y palpitaciones. Estas manifestaciones físicas son señales de que el organismo percibe el acto de dormir como una amenaza, impidiendo que los músculos se relajen y que el cuerpo se prepare para el descanso.
Ansiedad anticipatoria antes de acostarse y tendencia a retrasar la hora de dormir
La idea de irse a la cama puede generar una activación intensa en las personas con somnifobia. Esta ansiedad anticipatoria no solo mantiene al cerebro en estado de alerta, sino que también puede manifestarse físicamente a través del eje cerebro-intestino, provocando náuseas, pesadez estomacal o malestar abdominal antes de dormir. Como consecuencia, la persona tiende a retrasar la hora de acostarse o a prolongar actividades nocturnas para evitar ese momento, lo que termina reforzando la falta de descanso y perpetuando el problema.
Pensamientos catastrofistas y miedo a perder el control durante la noche
La persona afectada puede anticipar escenarios extremos, como no despertar o sufrir algún problema mientras duerme. Estas preocupaciones generan una hipervigilancia constante, manteniendo al cerebro en un estado de alerta cognitiva que dificulta la relajación necesaria para iniciar el sueño. Asimismo, altera la consolidación de las fases REM y profundas, fundamentales para la reparación física, la regulación emocional y la memoria.