Enfermar cuesta: el precio de no tener un seguro de salud

Jonatan Amenedo, CEO y cofundador de Welpay

Enfermar tiene un coste que va mucho más allá de la factura médica: las listas de espera, la pérdida de ingresos y el absentismo también impactan en la economía de las familias y las empresas. Jonatan Amenedo, CEO y cofundador de Welpay, analiza cómo el seguro de salud está evolucionando hacia una herramienta de protección económica y compensación laboral, y por qué democratizar su acceso se ha convertido en un reto para el sector asegurador.

Cuando hablamos del coste de una enfermedad, solemos pensar en el precio de una consulta, una prueba diagnóstica o una hospitalización, pero esa es solo una parte de la factura.

En España, enfermar también puede significar meses de espera, días de trabajo perdidos, menor capacidad de ingreso y una presión añadida sobre la economía familiar.

Los datos del Sistema Nacional de Salud permiten dimensionar esa realidad. A 31 de diciembre de 2025, 853.509 personas esperaban una intervención quirúrgica no urgente, con un tiempo medio de 121 días y más de cuatro millones de personas estaban en lista para una primera consulta de atención especializada, con una espera media de 102 días. En otras palabras, cuando necesitamos atención sanitaria, el tiempo también se ha convertido en una variable económica.

Ante esta realidad, la alternativa privada tiene un coste que muchas familias no pueden asumir con facilidad. Una consulta de especialista puede situarse entre 50 y 180 euros; una prueba diagnóstica básica, entre 60 y 120; y una hospitalización privada puede alcanzar varios miles de euros. El problema no es solamente cuánto cuesta una atención concreta, sino qué ocurre cuando la necesidad deja de ser puntual.

De hecho, el gasto privado en salud no ha dejado de crecer, la estimación de gasto sanitario privado por habitante pasó de 674 euros en 2022 a 771 euros en 2025. Al mismo tiempo, las primas de salud alcanzaron los 13.443 millones de euros en 2025, un 11,43% más que un año antes. El seguro de salud forma parte de una realidad sanitaria y económica cada vez más relevante para las familias.

Hay, además, un segundo coste menos visible: el laboral. La tasa de absentismo cerró 2025 en el 7,68%, máximo histórico, y cada día entre 1,6 y 1,7 millones de personas no acudieron a su puesto de trabajo y 1,27 millones lo hicieron por incapacidad temporal, esto quiere decir que el coste estimado del absentismo para la economía española alcanzó los 59.109 millones de euros, según Adecco.

Para el trabajador, una baja por contingencia común también puede tener un impacto directo sobre sus ingresos, salvo mejoras establecidas por convenio o por la empresa, los tres primeros días no generan prestación, entre los días 4 y 20 se percibe el 60% de la base reguladora y a partir del día 21, el 75%.

Todo esto está cambiando la conversación en las empresas, el seguro de salud empieza a dejar de percibirse únicamente como un beneficio asociado al llamado salario emocional y empieza a entenderse como una herramienta de protección económica, no sustituye al sistema público ni elimina todos sus costes, pero puede facilitar el acceso a atención privada cuando el empleado la necesita y evitar que una necesidad sanitaria se convierta, además, en un problema financiero.

La evolución del propio sector apunta en esa dirección. El 26,2% de la población española tenía seguro privado de salud en 2025, según los datos recopilados por IDIS/ICEA, y la penetración alcanza el 37,3% en Madrid y el 31% en Cataluña. El crecimiento no responde solo a una mayor preocupación por la salud: también está relacionado con la necesidad de las empresas de reforzar su propuesta de valor, cuidar al empleado y afrontar un mercado laboral en el que retener talento resulta cada vez más complejo.

Aquí aparece una cuestión especialmente importante para el futuro: cómo democratizar el acceso. Durante años, los beneficios de salud se han asociado principalmente a grandes compañías. La digitalización y los modelos de retribución flexible permiten que empresas más pequeñas puedan ofrecer a sus empleados opciones que antes estaban fuera de su alcance; y también permiten dar algo que los trabajadores valoran cada vez más: capacidad de elección.

La salud está dejando de ser un beneficio accesorio para convertirse en una pieza de la compensación total, y eso obliga también al sector asegurador a pensar más allá de la póliza: en distribución, experiencia, personalización y facilidad de acceso.

El verdadero coste de enfermar no aparece en una factura, está también en el tiempo que perdemos, en los ingresos que dejamos de percibir, en la conciliación que se complica y en la incertidumbre de una familia cuando uno de sus miembros necesita atención.

Entender esa realidad es importante para las empresas, pero también para el sector asegurador, el reto es ayudar a que sus consecuencias económicas no sean todavía mayores.

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