Las altas temperaturas comprometen la conservación de bienes de valor

Las altas temperaturas comprometen la conservación de bienes de valor

El calor, la humedad y la luz aceleran el deterioro de bienes de valor como vino, obras de arte, documentos y relojes, comprometiendo su conservación y valor patrimonial.


El calor no afecta solo a las personas, sino también a la conservación de los bienes de valor que se guardan en el hogar, como el vino, el arte, documentos o relojes, acelerando su deterioro y comprometiendo su valor.

Centro de Valores analiza cómo afecta el calor a cada tipo de bien y qué se puede hacer para que el verano no termine pasando factura a una colección.

El calor, la humedad y la luz, principales factores de deterioro

Guardar no es lo mismo que conservar. Un objeto puede estar perfectamente guardado en un armario o un trastero y, aun así, deteriorarse día a día. El principal enemigo no es el calor en sí, sino su vaivén. Cada subida y bajada de temperatura dilata y contrae los materiales, una tensión continua que abre grietas, despega capas y debilita estructuras.

Además, el calor acelera las reacciones químicas que degradan los materiales

Según la Biblioteca Nacional de España, basta con que la temperatura suba diez grados para que esa velocidad se duplique, y dos factores que el verano agudiza: la humedad, que favorece el moho y la corrosión, y la radiación ultravioleta, que decolora y amarillea pigmentos, barnices y papeles.

El efecto sobre cada tipo de bien

No todos los bienes se ven afectados por igual. El vino es uno de los más sensibles: el calor y sus oscilaciones aceleran su envejecimiento y comprometen el corcho, de modo que una bodega doméstica puede perder buena parte de su calidad en un solo verano. Situaciones tan habituales como una vivienda cerrada durante las vacaciones o un corte de suministro que detiene la refrigeración de la nevera bastan para que una colección cuidada durante años se resienta en cuestión de días.

En las obras de arte, el soporte y las capas de pintura se dilatan y contraen a ritmos distintos, lo que provoca craquelados y desprendimientos que deprecian la pieza y obligan a costosas restauraciones.

El efecto alcanza igualmente a los documentos en papel, fotografías, libros antiguos, que el calor reseca y la humedad deforma hasta degradar las tintas y comprometer su validez, así como a los relojes, las joyas y las piezas de piel, en los que el calor degrada los lubricantes de la relojería y reseca el cuero mientras la humedad favorece la aparición de moho. En todos los casos, el resultado es el mismo: una pérdida de valor.

Las limitaciones de la conservación doméstica

En casa pueden tomarse precauciones como mantener la temperatura lo más estable posible, controlar la humedad, alejar los bienes de ventanas, radiadores y focos de calor y evitar sótanos húmedos, áticos y trasteros, pero ninguna evita el deterioro. Sostener de forma estable la temperatura, la humedad y la protección frente a la luz las 24 horas durante todo el año es algo que una vivienda no puede garantizar, y cada oscilación que se escapa se traduce en una pérdida de valor. Por eso, la conservación real de un bien de valor exige un entorno profesional: cámaras con temperatura y humedad controladas y estables durante todo el año. Son, en esencia, las mismas condiciones que un museo aplica a una obra maestra, los parámetros que fijan organismos internacionales como el ICOM o el Smithsonian, puestas al servicio de una colección particular.

Brian Lavio, presidente de Centro de Valores

“El problema es que muchas veces confundimos tener un bien a buen recaudo con conservarlo correctamente. Una obra, una botella de vino o un documento pueden parecer intactos durante meses, mientras el calor, la humedad o los cambios bruscos de temperatura están deteriorando su estructura. Cuando ese daño se hace visible, normalmente ya no hablamos solo de una cuestión estética, sino de una pérdida real de valor”.

Centro de Valores subraya la importancia de entender la conservación como una forma de prevención patrimonial. En el caso de bienes sensibles como obras de arte, vino, documentos, relojes o piezas de colección, el valor no depende únicamente de su origen, rareza o estado inicial, sino también de las condiciones en las que se mantienen a lo largo del tiempo.

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